En marzo de 2013, un hombre de Florida llamó al 911. Cuando llegaron los servicios de emergencia, encontraron algo que no estaban buscando: un laboratorio de metanfetamina.
El hombre era Allen West, guitarrista fundador de Obituary y, por tanto, uno de los responsables directos de que exista algo llamado death metal de Florida.

Quién es Allen West
Para dimensionar la caída hace falta saber de dónde venía. West estuvo en Obituary desde el principio y firmó los riffs de los discos que definieron el sonido de Tampa a finales de los ochenta. Pasó también por Massacre y por Six Feet Under.
Es decir: no un músico de paso, sino uno de los arquitectos de un subgénero entero. Cuando se habla del sonido pantanoso y lento de Florida, se está hablando en buena medida de lo que él tocaba.
Un historial que venía de lejos
Lo del laboratorio de 2013 no fue un accidente aislado, sino el final de una línea larga.
El 19 de octubre de 2005 tuvo su primera condena por conducir bajo los efectos del alcohol. En mayo de 2007 fue detenido y encarcelado tras su quinta condena por lo mismo. Cinco. En menos de dos años.
Ese dato es el que sostiene la crónica entera, más que la metanfetamina. Cinco condenas por conducir bebido no son mala suerte ni una noche torcida: son un problema que llevaba años a la vista de todo el mundo y que nadie —ni la industria, ni el entorno, ni los medios especializados— trató como lo que era.
Lo que el metal hace con esto
Hay una costumbre incómoda en la manera en que esta cultura cuenta sus propias historias: la autodestrucción se narra como carácter.
Beber demasiado es ser auténtico. Aparecer destrozado a un concierto es ser de verdad. Los excesos de los ochenta se cuentan como anécdotas divertidas —hay crónicas enteras dedicadas a eso— y rara vez como lo que también fueron: adicciones sin tratar, gente arruinada y, en unos cuantos casos, muertos.
La quinta condena por conducir bebido no es una anécdota de gira. Es cinco veces poniendo un coche en marcha con capacidad de matar a alguien. Y en el relato habitual del death metal de Florida eso no aparece: aparecen los riffs, las portadas y las giras.
La llamada al 911
El episodio de 2013 tiene un detalle casi novelesco. Fue él quien llamó pidiendo ayuda. Los cargos que le cayeron después —producción de metanfetamina y posesión de precursores químicos— llegaron porque quienes acudieron vieron lo que había.
Es la clase de final que no da para leyenda. No hay pacto con nada, ni provocación, ni gesto. Hay un hombre de mediana edad en una casa de Florida marcando un número de emergencias.
West cumplió condena y salió de prisión años después.
Lo que queda
Obituary siguieron adelante sin él y hoy son una de las bandas veteranas más sólidas del circuito, girando por medio mundo. Los discos que West grabó siguen sonando en todas partes y su influencia no ha disminuido ni un punto.
Esa es probablemente la parte más cruda: el legado no se resintió. La música quedó, la banda continuó y el género creció. El único que se quedó por el camino fue él.
No hay moraleja que sirva aquí, ni redención al final. Solo una constatación que conviene tener presente cuando se leen las crónicas de excesos con nostalgia: a alguien le tocó vivir eso de verdad, y casi nunca fue divertido.
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