Opeth: una guía de escucha

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Una introducción y una confesión

Estaría mintiendo si dijera que escribo esto para que un grupo de amigos disponga de unas orientaciones con las que confeccionarse una lista de reproducción. No hay duda de que esa es una de las finalidades, por supuesto, pero no es toda la verdad, porque en ese caso, podría haber elegido yo mismo diez temas, por decir algo, y decirles “escuchad esto”. Lo cierto es que detrás de cualquier proyecto literario —y no me estoy refiriendo a escribir una novela, sino prácticamente a cualquier cosa que no sea la lista de la compra— hay una inquietud, inconfesable muchas veces, algo oscuro que, quien escribe, pretende aclarar de un modo u otro. Así que un texto encierra innumerables “porqué”, unos prosaicos y superficiales, otros más subterráneos y esquivos.

Si a uno le gusta un grupo de música lo bastante como para que se le ocurra organizar un viaje de miles de quilómetros, con las complicaciones logísticas que ello supone, llega un momento en que se hace inaplazable una justificación. Me refiero a que en las conversaciones en las que explicaba que me iba a Viena a ver a Opeth, en algún momento surgía la pregunta por el tipo de música y yo debía explicar en pocas palabras qué cosa era la que iba a escuchar en el concierto de esos señores suecos. Y en ese punto debo admitir que nunca lograba dar con la tecla: vaguedades, inconsistencias, comparaciones dudosas… “¿Pero cómo —pensaba—, no soy capaz de explicar a otra persona qué tipo de música es esa que me hace ir en avión hasta el centro de Europa y gastarme un montón de dinero?” En verdad el asunto era aún peor, porque me di cuenta de que tampoco era capaz de hacer una descripción adecuada para mí mismo que no fuera más allá del uso de tres o cuatro etiquetas que, al final, poco decían de la complejidad de un grupo como Opeth.

Opeth una guía de escucha
Opeth en directo en el anfiteatro de Red Rocks

Cuando la música era una disciplina culta y elitista, las cuestiones taxonómicas eran más sencillas: un lenguaje universal cuya excelencia se alcanzaba mediante un determinado uso del ritmo y la armonía. Nada más y nada menos. El auge de la música popular trajo las primeras y útiles etiquetas: blues, jazz, rock… Después, la cosa evolucionó vertiginosamente: capitalismo, desarrollo de la tecnología aplicada al sonido, industria musical y una multiplicidad infernal de caminos para explorar. Hoy tenemos más etiquetas que grupos, solo para que las discográficas, el software de los reproductores y las plataformas de música en Internet puedan clasificar y determinar con precisión qué es cada cosa. No digo que el etiquetado no sea práctico hasta cierto punto (de hecho lo utilizaré aquí a menudo), pero segmentar el vasto espacio musical en tantísimos compartimentos más bien resulta ridículo, además de falso en muchas ocasiones. A mí me parece que constituye una prueba más de la psicosis humana, un comportamiento obsesivo que se centra en lo accesorio y olvida lo importante. Tal vez por eso siempre me gustaron las bandas que se resisten a la uniformización, esas que no sabes en qué parte de la discoteca poner, inclasificables: Black Sabbath, Ozzric Tentacles, Opeth… Detrás de esa imposibilidad de catalogación suele haber originalidad, profundidad y diversidad, ingredientes esenciales para estimular el intelecto y no dar lugar al aburrimiento. Y que conste que a mi me gusta AC/DC, aunque sus virtudes son otras. La complejidad musical permite ampliar el campo semántico, significar más, decir más, tocar un abanico más amplio y sutil de emociones.

He ahí, pues, una razón para escribir todo esto que estaba parcialmente oculta: yo quería conocer la música de Opeth, entender de dónde proviene, cómo es. Luego, como es obvio, también me complace explicarlo, pero no se trata solo de una cuestión de altruismo, sino que también están mi vanidad y mis propias obsesiones, relacionadas con la tarea de la escritura. Todo eso junto, y otros factores que seguro que se me escapan, constituyen la justificación de esta guía de escucha.

Black Sabbath
Black Sabbath

 

Después de darle unas cuantas vueltas al asunto llegué a la conclusión de que, en vez de ponerme dogmático y dar un discurso sobre lo que debíais o no escuchar, sería mucho más entretenido que relatara de forma más o menos resumida mi proceso de aprendizaje y las conclusiones que extraje de él. Luego, cada uno puede realizar su propia investigación en función del interés que tenga. En ese sentido, me pareció lógico escuchar todos los discos de Opeth en el orden en que fueron publicados para tener una idea precisa de la evolución de su música. Claro está que yo ya había oído varios discos, pero lo había hecho según caían en mis manos, de forma dispersa, y no creo que hubiera aportado gran cosa hacer una crítica de ellos como si fueran trabajos aislados, sin antecedentes ni consecuencias, aparecidos ex nihilo. Mi primera idea fue hacer una crítica de cada álbum aprovechando las notas que fui tomando en el proceso; no obstante, ocurrió que, sin apenas enterarme, empecé a agrupar los discos según multitud de criterios: que si en función de la discográfica, del subestilo, de si la voz era limpia… Que hubiera numerosas posibilidades de clasificación me pareció un buen síntoma. En todo caso, al final decidí agrupar la obra de Opeth por etapas históricas, lo cual es coherente con la escucha que hice, cronológicamente ordenada.

Por otro lado, también me propuse escoger el tema más representativo de cada disco para hacer una recopilación que diera cuenta de la historia de la banda, un intento de síntesis del desarrollo musical. La verdad es que eso ha sido muy difícil y creo que solo conseguí ese objetivo a medias, porque entiendo que faltan algunos temas y quizá sobra alguno. De hecho, en un momento dado me vi obligado a confeccionar una lista paralela, lo cual me permitió agrupar una serie de temas acústicos que creo que es imprescindible escuchar y que, mezclados con los otros, habrían supuesto una cierta dosis de caos en el conjunto que quería evitar. Hacia el final del proceso, incluso estuve tentado a iniciar una tercera lista, porque me pareció que los temas con un sabor a rock progresivo de los 70, eran lo suficientemente distintos de los de la etapa de las voces guturales e influencias del black y el death. Al final no cedí a esa tentación y me quedé con dos listas: una de 12 temas eléctricos y otra de 6 temas acústicos. No quiero decir que en la primera no haya alguna parte acústica ni en la segunda algún solo eléctrico, sino que es más bien una sencilla orientación sobre la intensidad de la música que hay en ellas. Lo que sí me gustaría recalcar es que mi intención al reunir los temas no fue hacer un best of, sino, como dije, facilitar la comprensión de la evolución musical de la banda. Espero haber podido captar la esencia de Opeth en poco más de dos horas de duración (sumando las dos listas), aunque, insisto —y esto habla de cuan prolífica y excelente es la música del grupo—, podría haber hecho lo mismo escogiendo otros 18 temas.

La búsqueda de la identidad

Todos los inicios son duros y la andadura de Opeth no iba a ser una excepción. Sin embargo, estamos hablando de una súper banda, así que sus peores discos están al nivel de los mejores trabajos de otros grupos.

La tarjeta de presentación para mí es clara: “hemos escuchado mucho rock progresivo de los 70, folclore celta y escandinavo, y, por supuesto nos hemos nutrido con la época dorada del death metal y los inicios del black”. Perfecto, chavales, ahora hay que fusionar todo eso y a ver qué sale. Y ahí es donde cojea un poco el asunto, porque más parece un corta y pega de muchas cosas que una mezcla bien elaborada. Es un problema del cual, por otra parte, adolece mucha música denominada “de fusión”. Fusionar dos o más estilos no es hacer un tema de cada estilo ni hacer trozos de temas con cada estilo; en mi opinión se trata de acercarse lo más posible a que en cada instante, en cada nota, esté todo presente al mismo tiempo. Desde luego, eso es bastante difícil y hubiera sido sorprendente que un LP de debut como Orchid lo hubiera conseguido. Además, hay que tener en cuenta que las canciones son muy largas: para que se entiendan y logren captar la atención mucho rato hay que ser muy sutil con las dinámicas, porque un tema es como una narración y debe tener un desarrollo equilibrado. Cuando escuché el primer tema anoté: “melodía folclórica, cambio brusco, riff blackmetalero simple, otro cambio brusco, ahora parece power metal, cambio, trozo acústico, cambio…” Y así el disco entero. La verdad es que hay tantas ideas y tan yuxtapuestas que resulta un poco agotador y desconcertante.

Con todo, la producción es bastante buena, aunque lejos de dar con la tecla adecuada y constituir el sonido que distingue a Opeth: se ve claro que están en pleno proceso de búsqueda de identidad. A nivel sentimental me parece que toda su música transmite una extraña mezcla de nostalgia, épica y oscuridad que a mí me resulta muy interesante. Lo que ocurre es lo de antes: parece más bien un collage emocional —en el que aquí y allá hay pinceladas de alegría, tristeza e ira— que no algo compacto y con personalidad.

Otra cosa que llama la atención en este primer trabajo es el tempo de la música, una característica que va a acompañar al grupo hasta el día de hoy: no hay una obsesión por la lentitud del doom ni tampoco por la velocidad, cosa esta última que me lleva a catalogarlos, puestos a elegir, más cerca del black que del death. Digo esto porque he visto que con frecuencia se los mete en el saco del death sin más y no estoy de acuerdo. Sé que esto es muy relativo y las discusiones serían interminables. En todo caso, yo no acudiría a esas etiquetas si tuviera que definir la música de Opeth: para mí, en esencia, es un grupo de rock progresivo que tuvo la suerte, o la desgracia, de haber aparecido después de que el metal más extremo hubiera encontrado su lugar en este mundo. Su evolución, por tanto, gravita siempre en torno a ese núcleo al que, dependiendo del momento, se le añaden influencias diversas.

Todo lo dicho para el primer LP vale para el segundo, Morningrise, que contiene uno de los temas más largos (más de 20 minutos) de la banda y que, por razones obvias, no escogí para la lista.

El metal

El tercer trabajo, My Arms, Your Hearshe, inicia el mejor período de la banda, si hablamos de caña, y resulta mucho más oscuro e intenso que los discos anteriores. En este álbum conceptual, que recomiendo escuchar enterito, los temas están más trabajados y suenan más compactos: queda atrás el efecto “Frankenstein”, la sensación de que están compuestos por multitud de retales mal cosidos, mientras que empieza a tomar forma el característico muro sónico de Opeth, en el que la mezcla de los instrumentos está más conseguida. Uno se pregunta si realmente han grabado solo dos pistas de guitarra o qué. En los directos también ocurre, así que no es cuestión de la producción, sino de acertar con la ecualización, la composición y los efectos. Se nota que los suecos empiezan a encontrarse: la estructura de los temas es bastante similar, con su parte de voces limpias, sus riffs pesados, sus estribillos guturales, etc. Estamos pues, ante la primera joya de Opeth.

Con Still Life, otro LP conceptual, parece disminuir algo la intensidad al tiempo que aumenta la complejidad. Las partes acústicas tienen una mayor presencia e importancia y se respira un intenso aroma a progresivo. Quizá sea un pequeño paso atrás con respecto al anterior trabajo, aunque, por otra parte, prefigura lo que está a punto de venir, que es auténtico caviar.

Toda gran banda tiene, al menos, una obra maestra. En el caso de Opeth, Blackwater Park es, sin duda, su momento más alto; un disco que te remueve las entrañas y es capaz de arrasarte física y emocionalmente. Sin exagerar, una de esas genialidades que se cuentan con los dedos de una mano. Ni que decir tiene que recomiendo… no, mejor, exijo, que se escuche entero. Por lo menos tres veces. Es un álbum total, con un equilibrio perfecto entre intensidad, técnica y complejidad; el más oscuro y cercano al death, con una densidad acojonante de la distorsión y los gruñidos, al tiempo que es el que menor presencia concede a las partes acústicas y las voces limpias. Por fuerza, es el que más probabilidades tiene de hacer las delicias de los amantes de la tralla más extrema. Exceptuando Harvest —un tema sin distorsión, excelente y que escogí para la lista acústica—, cualquiera de los otros temas podría haber sido candidato para estar en la lista eléctrica. Sin embargo, hay uno que para mi gusto está un peldaño por encima de los demás, lo cual ya es decir mucho: The Drapery Falls. Escuchar eso es lo más parecido a estar perdido en un frondoso bosque escandinavo esperando que aparezca algún demonio de un culto olvidado ya por el hombre. En fin, sin palabras.

Difícil lugar el que le quedó al siguiente LP después de semejante despliegue de energía, precisión y sensibilidad. Con todo, Deliverance completa el póquer de esta etapa dorada con mucha dignidad. Hay aquí un evidente intento de evolucionar sin perder la senda del Blackwater Park, pero eso, amigos, no parece posible. El contraste entre las partes acústicas y eléctricas aumenta y eso, a mi juicio hace perder el equilibrio, porque los cambios resultan demasiado bruscos. Es cierto que las partes sucias y pesadas son tan o más intensas que en el anterior trabajo, pero por contra, los pasajes limpios se alargan y dulcifican en exceso. De todas formas no quiero dar una impresión equivocada: es un discazo. Lo que pasa, es que estamos hablando de Opeth y comparando con Blackwater Park, así que…

Un oasis

MIke Akerfeldt

 

Después de toda la metralla descargada —sobretodo entre 1998 y 2002— creo que al bueno de Mikael Akerfeldt, alma mater de Opeth, vocalista, sobresaliente compositor y guitarrista de enorme gusto y sutileza, le venía bien un descansito, así que sorprendió a propios y extraños con Damnation, un trabajo acústico, tranquilo, con voces limpias y que representa un auténtico refugio de los sonidos más pesados y metálicos del grupo. Aún así, los temas no pueden sustraerse a cierto clima de nostalgia y oscuridad que lo impregna todo. Tras su aparente sencillez, hay complejidad armónica y rítmica (Windowpane, tema que abre el disco, empieza con una amalgama brutal). Otro trabajo para escuchar entero —y van tres— y quedarse con una extraña sensación, mezcla de serenidad, soledad y tristeza.

La transición

Después de este frenazo, de esta agradable anomalía, uno se pregunta qué rumbo va a tomar Opeth. ¿Van a volver a la agresividad anterior? ¿Van a empezar a hacer pop, en plan como la lamentable etapa de Metallica tras el Black Album, pero bien hecho? ¿Se van a disolver? Pues bien, creo que los propios integrantes de la banda tampoco lo tenían muy claro y estuvieron mareando un poco la perdiz hasta dar de nuevo con la clave. Fruto de este período lanzaron un par de discos: uno bastante bueno, Ghost Reveries, y otro regular, Watershed.

En el primero de ellos se aprecia un soberbio control de las dinámicas y se nota que el asunto se encamina hacia una propuesta más setentera, con un órgano Hammond que empieza a asomar aquí y allá y, eso sí, con varios momentos de enorme potencia, como los de antaño. De hecho, los dos primeros temas prometen una auténtica obra maestra, pero luego me parece que decae un poco la cosa. Cualquiera de esos dos temas merece estar en la lista, pero elegí el menos conocido —The Baying Of The Hounds— porque me pareció interesante dejar un enlace en el que se pueda disfrutar de Ghost of Perdition en directo, uno de los mejores temas de la banda.

En el segundo de los discos de esta etapa, sin embargo, se constata un agotamiento de la propuesta compositiva y hay una vuelta a un cierto caos y superficialidad en los cambios. Es verdad que prefigura la etapa que está a punto de venir, donde predomina el hard y el progresivo, pero con menos eficacia que el anterior LP. Escogí el tema más brutal, Heir Apparent, pero no hay que dejarse engañar: el resto del disco no es así. Simplemente, quería que la lista tuviera una cierta coherencia, nada más.

Progresivamente

Lo primero que me llamó la atención cuando escuché Heritage fue que no había voces guturales (hasta el día de hoy el señor Akerfeldt sigue sin grabarlas en sus trabajos de estudio). En Damnation no extraña tanto, porque es un disco prácticamente acústico en su totalidad y parece lógico que la voz sea limpia. Sin embargo, aquí hay riffs eléctricos que demandan que la voz se quiebre, al menos un poco. Pues no, y eso, para alguien acostumbrado a escuchar metal extremo, resulta un tanto irritante. Por este motivo, la acogida de este décimo trabajo entre los fans de Opeth fue, como mucho, tibia. No obstante, creo que en este punto hay que cambiar de chip y juzgar con otros parámetros: como si estuviéramos en 1978 y el heavy todavía estuviera fraguándose. Aquí hay una apuesta clara por el rock progresivo; con momentos de folk, jazz y, también, de rock duro, sí, pero rock progresivo al fin y al cabo. Algunos pasajes me recuerdan a momentos del On Stage, de Rainbow.

Si medimos, pues, con esa vara, hay que decir que, nuevamente, esta gente lo vuelven a clavar. De todos modos, Heritage quizá no sea el mejor ejemplo, pero como primera incursión sin complejos en los géneros setenteros es más que correcta. Exceptuando un par, en general los temas se acortan (Slither, el que elegí para la lista eléctrica, apenas dura 4 minutos), lo cual facilita la digestión de la complejidad de las composiciones: mucho cambio de ritmo, armonía y atomósfera instrumental.

Pale Communion profundiza en esta línea, pero a mi humilde entender, con mucha más fortuna. Todo el trabajo transpira una sensación de alegría y esperanza, insólitas en Opeth. Tal vez se deba a las melodías y al trabajo vocal, muy cercanos al folk. Para que se me entienda: la primera vez que oí el disco pensé “¡Menuda panda de hippies!”. Hay un tema completamente instrumental, Goblin, que es un claro homenaje a la banda italiana de progresivo del mismo nombre: un testimonio del espejo en que se está mirando el grupo en esta época. La verdad es que es uno de los temazos que me supo mal no elegir para la lista eléctrica, y es que resulta mucho más representativo River, con una primera parte acústica que es una auténtica delicia. Lo peor es que tampoco lo pude poner en la lista tranquila, pero como creo que hay que escucharlo sí o sí, os dejo aquí el enlace, junto con otro del grupo italiano al que me acabo de referir.

Y llegamos por fin a Sorceress, un álbum que no es sencillo juzgar: cuando cayó en mis manos me pareció el Blackwater Park de la época progresiva y, realmente, creo que es sobresaliente, pero quizá no sea para tanto. Ocurre que el primer tema que viene después de la hipnótica introducción y que da nombre al disco es una pieza inconmensurable, con un riff jazzero que da la sensación de ambiente circense; me recuerda a ciertos momentos de King Crimson. Luego está el sorprendente Will O The Wisp, con un sabor de música celta, que me trae ecos de Jethro Tull. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que el resto de temas combina grandes momentos con otros que se hacen un poco pesados. Ahora bien, a pesar de las referencias a otras bandas, creo que es el trabajo donde por fin Opeth encuentra su propia manera de entender el rock progresivo y no puedo no recomendar que se repase íntegro.

Cuando empecé a escribir esta guía aún no había aparecido In Cauda Venenum, el último larga duración del grupo sueco, pero como no pude dedicarle mucho tiempo a la tarea, ahora que ya casi la tengo acabada, el disco ya lleva unos meses publicado y debo decir que no he tenido tiempo de escucharlo con calma, pero el único tema que me tragué —17 minutitos de nada— me pareció una chapa considerable. En cualquier caso, habrá que darle una oportunidad y saborearlo con calma (recomiendo, a quien le interese, que pruebe con la versión en sueco). Os dejo, mientras tanto, la crítica de Mondo Sonoro.