Cuando se habla de la historia más oscura del black metal noruego, resulta inevitable mencionar el trágico y célebre asesinato de Øystein Aarseth, mejor conocido como Euronymous, perpetrado por Varg Vikernes (Burzum). Este suceso no solo sacudió la escena del metal extremo, sino que también desató una atención mediática jamás vista para un subgénero musical que, hasta entonces, se había mantenido en las sombras. El caso se ha convertido en una leyenda tan grande como macabra, repleta de sangre, traiciones y una intensidad casi cinematográfica que ha marcado a la comunidad metalera durante décadas.

El black metal noruego emergió a finales de los 80 y principios de los 90 como una contracultura radical. Euronymous, guitarrista de la banda Mayhem, era considerado uno de sus pilares. Tenía una personalidad llamativa, un sentido estético oscuro y la determinación de convertir a Mayhem en la agrupación más terrorífica de la escena. Además, se le atribuye la creación del sello discográfico Deathlike Silence Productions y la tienda de discos Helvete (en Oslo), que se convirtió en punto de encuentro para varios músicos que definieron el sonido y la imagen del black metal. Helvete se volvió una especie de cuartel general donde los integrantes de esta emergente escena conspiraban, se alimentaban de ideas radicales y tejían amistades que rápidamente se transformaron en rivalidades.

Por su parte, Varg Vikernes era un joven músico con una visión muy personal del black metal. Su proyecto en solitario, Burzum, se caracterizaba por una atmósfera tenebrosa y cruda. Aunque Varg y Euronymous colaboraron inicialmente (de hecho, Mayhem publicó algunos de sus trabajos a través de Deathlike Silence), su relación pronto se ensombreció. Hubo disputas de dinero, derechos de publicación y egos enfrentados. Se dice también que existían discrepancias ideológicas: Euronymous se inclinaba hacia posturas satánicas y radicales, mientras que Varg se alineaba con un nacionalismo pagano que glorificaba mitologías nórdicas y tradiciones pre-cristianas. Esa diferencia de visión no solo alimentó tensiones, sino que también sirvió de combustible para la chispa trágica que vendría después.

La noche del 10 de agosto de 1993 se convirtió en un punto de inflexión para la escena del black metal. Varg Vikernes se dirigió al apartamento de Euronymous en Oslo. Las versiones acerca de lo que sucedió varían: algunos alegan que Varg acudió para firmar un contrato discográfico pendiente y discutir asuntos económicos, mientras que otros sugieren que fue a enfrentar a Euronymous por amenazas previas. El resultado fue la muerte de Euronymous a causa de múltiples puñaladas (la autopsia habló de más de 20 heridas) que Varg siempre defendió como un acto en defensa propia, argumentando que Euronymous planeaba torturarlo y grabar su sufrimiento. Sin embargo, la versión oficial de la justicia noruega y la de muchos allegados a la escena apuntan a un crimen premeditado.

La noticia se propagó como pólvora tanto dentro como fuera del metal. El asesinato de Euronymous dejó perplejos incluso a los seguidores del black metal, habituados a la atmósfera de violencia y satanismo que el género promovía en sus letras y estética. Al fin y al cabo, esas imágenes oscuras solían entenderse como provocaciones artísticas, pero la muerte real de un músico a manos de otro era algo que superaba cualquier límite concebido. En consecuencia, la policía y la prensa local se volcaron hacia un examen minucioso de la “cultura black metal”, conectándola con las quema de iglesias y otros episodios violentos que habían ocurrido en Noruega. Varg Vikernes fue detenido, y su juicio, en 1994, se convirtió en un circo mediático donde se debatieron temas como el satanismo, el nacionalismo extremo y la censura cultural.

La sentencia fue contundente: Varg fue condenado a 21 años de prisión, la pena máxima que contempla la justicia noruega. Durante el proceso, declaró haber actuado por miedo a que Euronymous lo asesinara, y siguió sosteniendo su inocencia en términos de premeditación. Sin embargo, la corte determinó que no había justificación para la brutalidad del hecho. En la comunidad black metal, esto generó una grieta profunda: algunos veían en Vikernes a un mártir que luchaba por sus convicciones, mientras que otros lo calificaban como un asesino frío y calculador que traicionó los ideales de una escena que, si bien coqueteaba con lo extremo, no deseaba muertes reales.

Tras el asesinato, Mayhem quedó devastado: había perdido a su guitarrista y figura principal. La banda tardó tiempo en reponerse y, aunque lanzó más adelante discos emblemáticos con nuevos integrantes, muchos coinciden en que el aura primigenia de Mayhem pereció junto con Euronymous. A su vez, Burzum se convirtió en un fenómeno aún más polémico: las grabaciones que Varg hizo desde prisión aumentaron la fama (y la infamia) del proyecto, y sus letras y declaraciones públicas se volvieron cada vez más extremistas, abrazando ideologías nacionalistas y paganas que incomodaron a más de uno.

El impacto de este crimen no se limitó al ámbito musical. La sociedad noruega, que solía enorgullecerse de ser pacífica y tolerante, se conmocionó ante la idea de que sus jóvenes abrazaran una cultura tan violenta y opuesta a los valores tradicionales. Algunos sectores conservadores aprovecharon para condenar no solo al black metal, sino al metal en general, ignorando que se trataba de un suceso excepcional y no representativo de la vasta mayoría de músicos y fanáticos.

Con el paso de los años, el caso se ha transformado en una historia de advertencia sobre la delgada línea que separa la realidad de la ficción en una escena musical que se jacta de su oscuridad. Para muchos, la muerte de Euronymous simboliza el punto máximo del “culto a lo extremo”, una consecuencia lógica de la escalada de provocaciones que caracterizó al black metal de principios de los 90. Para otros, el suceso no fue más que una tragedia personal, potenciada por el sensacionalismo de los medios.

Sea cual sea la interpretación, lo cierto es que el asesinato de Euronymous marcó un antes y un después: la escena perdió a uno de sus principales artífices y vio nacer el mito alrededor de Varg Vikernes, quien, con la sentencia cumplida, salió de prisión y continuó defendiendo sus posturas polémicas. Hoy, este episodio funesto sigue siendo un referente inevitable cada vez que se aborda la historia del black metal, y un recordatorio de que, detrás de la pose, puede haber consecuencias reales y letales.