Hablar de Burzum es adentrarse en una de las facetas más enigmáticas y polémicas del black metal noruego. Fundado por Varg Vikernes (antes conocido como Count Grishnackh), Burzum surgió a principios de la década de 1990 como un proyecto unipersonal cargado de misticismo, odio y fascinación por las tradiciones paganas de Escandinavia. Sin embargo, la verdadera leyenda de Burzum no solo se forjó a través de su música densa y minimalista, sino también por la turbulenta vida de su creador, quien, tras el brutal asesinato de Euronymous (guitarrista de Mayhem), fue condenado a prisión.
Varg Vikernes recibió una sentencia de 21 años, la pena máxima según la legislación noruega, y muchos esperaban que aquello marcara el fin de su carrera musical. Después de todo, el black metal se basaba en la rebeldía y la libertad creativa, y parecía inimaginable que un músico lograra continuar su legado tras las rejas. Sin embargo, Varg desmintió esos pronósticos. Durante su estadía en prisión, no solo siguió componiendo, sino que transformó su estilo, pasando de los riffs distorsionados y la voz aguda y desgarrada a sonoridades más ambientales y electrónicas.
Los primeros años de Burzum y su visión ideológica
Antes de su encierro, Burzum había publicado discos considerados hoy fundamentales en el black metal noruego, como Burzum (1992), Aske (1993) y Hvis Lyset Tar Oss (1994). Estos trabajos se caracterizaban por un sonido crudo y repetitivo que buscaba crear una atmósfera hipnótica, muy diferente al enfoque agresivo y veloz de otras bandas de la época. Además, las letras y la estética estaban impregnadas de un profundo misticismo, inspirado en la mitología nórdica y el rechazo al cristianismo que Varg consideraba una “invasión” cultural.
No obstante, su postura ideológica iba más allá de la simple rebeldía satánica que otros exponentes del género promovían de manera más teatral. Vikernes tenía un discurso cercano al nacionalismo pagano y a ciertas vertientes racistas que chocaban incluso con algunos de sus compañeros en la escena. De ahí surgieron enemistades, acusaciones y controversias que contribuyeron a un clima volátil en la escena de Oslo.
La cárcel como nuevo estudio de grabación
Una vez encarcelado por el asesinato de Euronymous, muchos creyeron que la carrera de Burzum quedaría en pausa. Pero Varg, obstinado y autárquico, logró convencer a las autoridades penitenciarias de que necesitaba herramientas musicales (al menos un teclado básico) para mantener una actividad creativa que, según él, le ayudaba a mantenerse estable mentalmente. Así nacieron álbumes como Dauði Baldrs (1997) y Hliðskjálf (1999), en los que la ausencia de guitarras y batería era total. En lugar de eso, Varg creó paisajes sonoros mediante sintetizadores, piezas que muchos describen como un “viaje” por pasajes de la mitología nórdica, llenos de un aura lúgubre y casi medieval.
Aunque estos discos distan mucho del black metal tradicional de Burzum, se convirtieron en un objeto de curiosidad para los seguidores de la escena. Por un lado, se criticó la pobre calidad de sonido (eran grabaciones rudimentarias, con un equipamiento muy limitado) y la carencia de la visceralidad que había hecho famoso a Burzum en un principio. Pero, por otro, se elogiaba la atmósfera minimalista y la forma en la que Varg consiguió transmitir una sensación de aislamiento y resignación, quizá reflejo de su vida en prisión. Estas obras, clasificadas más como “dark ambient” que como black metal, sirvieron para mantener vivo el nombre de Burzum y añadirle una faceta aún más enigmática.
El rol de la prensa y la controversia ideológica
Durante esos años de encarcelamiento, Varg no dejó de ofrecer declaraciones controvertidas. A través de entrevistas concedidas por carta o con grabadoras, insistía en su visión del cristianismo como un enemigo histórico de la identidad nórdica, y defendía su postura nacionalista. Sus palabras no solo aumentaron la curiosidad alrededor de su persona, sino que lo convirtieron en un símbolo de resistencia para algunos grupos de extrema derecha que veían en él un ícono intelectual y un mártir contra el sistema. Al mismo tiempo, se ganaba el desprecio absoluto de numerosos artistas y aficionados al metal que consideraban sus ideas repulsivas o, al menos, demasiado radicales.
Los medios internacionales, por su parte, tampoco ignoraron el fenómeno. Revistas de rock y metal dedicaron largos reportajes a la figura de “Count Grishnackh”, el músico asesino que componía desde una celda, alimentando el halo de misterio que rodeaba el black metal noruego. Este revuelo mediático hizo que muchos escucharan Burzum por simple morbo, sin apreciar necesariamente la evolución artística del proyecto. Otros, en cambio, se adentraron en la discografía completa y descubrieron que, más allá del escándalo, había un estilo genuinamente innovador en sus primeras grabaciones.
La salida de prisión y el renacimiento de Burzum
Varg fue liberado en 2009, tras cumplir aproximadamente 16 años de cárcel (logró libertad condicional antes de completar la sentencia total de 21 años). En lugar de mantener un perfil bajo, resurgió con renovadas energías: relanzó Burzum y publicó nuevos álbumes de metal que pretendían retomar la esencia de sus raíces, aunque con un tono algo más melódico y menos agresivo. Discos como Belus (2010), Fallen (2011) y Umskiptar (2012) mostraron que seguía vigente como compositor, pero también evidenciaron la inevitable evolución de un músico que había pasado gran parte de su vida adulta tras barrotes.
Su activismo ideológico no se desvaneció. De hecho, Varg comenzó a difundir en internet una serie de videos y textos en los que exponía sus creencias sobre la “pureza étnica” y la defensa de las tradiciones nórdicas, lo que le granjeó la censura en varias plataformas y la vigilancia de ciertos organismos de seguridad europeos. Este fuerte matiz político generó un ambiente polémico a su alrededor, polarizando a fanáticos y detractores.
La influencia musical de Burzum
Aun con todas las controversias, Burzum dejó una huella profunda en el black metal. Su sonido hipnótico y repetitivo ha sido imitado por incontables bandas del género y ha servido como base para subestilos como el depressive suicidal black metal (DSBM) o el black metal atmosférico. El enfoque minimalista, la producción descuidada adrede y la creación de atmósferas envolventes son elementos que numerosos músicos han retomado para expandir los límites del metal extremo.
La historia de Burzum es, en muchos sentidos, la historia de Varg Vikernes. Un relato que combina la tragedia del asesinato, la claustrofobia de la prisión y la obsesión ideológica, todo ello envuelto en la experimentación musical más sombría. Para algunos, es el ejemplo de cómo un artista puede sobreponerse a las circunstancias adversas y continuar creando. Para muchos otros, en cambio, es una advertencia de las consecuencias nefastas que puede desencadenar el fanatismo y la violencia llevados al extremo.
El legado de Burzum en prisión trasciende lo meramente musical. Se convirtió en un caso de estudio sobre la relación entre arte y criminalidad, así como en una discusión permanente sobre la legitimidad de consumir el trabajo de un creador con antecedentes tan turbios. ¿Es posible separar la música de la ideología de su autor? ¿Se debe admirar la obra de un músico que ha cometido un crimen tan atroz como el asesinato? Estas preguntas siguen encendiendo debates acalorados en foros y redes sociales, sin un consenso claro a la vista.
En definitiva, el período carcelario de Varg y la continuidad de Burzum desde la celda representan uno de los capítulos más inquietantes y fascinantes del metal extremo. Es la historia de cómo el encierro físico no impidió la producción de algunos de los álbumes más peculiares dentro del amplio espectro del black metal, y de cómo las ideas de un solo individuo, por más radicales que sean, pueden resonar en toda una escena musical. Que sea para bien o para mal, queda en el ojo del espectador y en la conciencia del oyente.

